ALGO BONITO…
A muchos padres, todo esto de las Altas Capacidades nos ha pillado por sorpresa y,
cada día que pasa, somos más conscientes del gran vacío educativo imperante en lo
que respecta a cómo atender, educar y gestionar el potencial de nuestros hijos. De lo
difícil que resulta canalizar su rebose de energía y propiciar un ambiente que esté en
sintonía con ellos, a partir del cual puedan construirse, por sí mismos, ese halo de
confianza y estabilidad que necesitan para abrirse al mundo y mostrarse tal y como
son.
Nos damos cuenta de la gran cantidad de prejuicios, creencias y estereotipos que
bañan el asunto topándonos, en muchos momentos, con las barreras y la indiferencia
en la que se instalan muchas personas (especialmente profesionales educativos) a la
hora de aceptar que el alumno que tienen delante, no pretende ser más ni mejor que
los demás. Simplemente, es muy capaz, muy creativo, muy intenso y quizás también
demasiado sensible sin olvidar que, ante todo, es un niño y, por tanto, proclive a no
parar y a no callar, en especial cuando se trata de preguntar o responder sobre aquello
que le atrae y le interesa.
La traducción de todo esto es que, aunque algunos de ellos demuestren ser
estudiantes modélicos académicamente hablando, estorban, incomodan a sus
profesores con su hiperactividad física y su ansiedad por sobresalir (que no es otra cosa
que la ausencia de respuesta ante su demanda de estímulos adecuados y adaptados a
los distintos ritmos de aprendizaje), lo que les lleva a ser llamados a la “contención”
en su participación en clase por medio de avisos orales e informes de evaluación,
recomendando un cambio de actitud. Callado está dicho que… la mayoría manda. Por
tanto, urge silenciar esas ganas de expresar su rapidez mental así como su facilidad
para retener y asociar conceptos, no vayan a originar algún cuadro generalizado de
frustración y/o fracaso escolar entre los demás compañeros a los que no dejan pensar
con su exceso de espontaneidad.
Esto me hace recordar que hace pocos días, leía por casualidad un poema que colgaba
en la puerta de un aula de primaria titulado: “Una escuela grande como el Mundo”, de
Gianni Rodari. Uno de los versos se encendió ante mis ojos como una antorcha. Decía
así: “…aquel que no sabe es siempre más importante que aquel que sabe ya…” (nunca
vi mejor ni más concisa descripción del panorama educativo actual sobre el tema que
nos ocupa, aunque provenga de una traducción muy poco acertada que merodea por
blogs de recursos para maestros. En cambio, lo que el autor quizás quería transmitir es
que cada vez, lo que se aprende, es más importante que lo que ya se sabe porque el
aprendizaje, nunca termina. Hay una gran diferencia…).
Por otra parte, está claro que los alumnos con AACC no son los únicos de la clase ni de
sus familias, ni tampoco del mundo. Han de aprender a comportarse así como a
respetar las normas establecidas, tanto dentro como fuera del aula. Pero… además de
nosotros como padres y aún contando con una valoración psicopedagógica oficial
favorable ¿quién hace el esfuerzo de adaptarse a ellos? ¿quién se molesta en
profundizar en sus intereses, en escarbar en sus potencialidades y abrirles paso? ¿a
qué clasificación de profesional funcionario docente le corresponde fomentar su
integración escolar, buscar recursos “extra” para incentivar su desarrollo intelectual y
brindarles el acompañamiento que necesitan para evolucionar? Es curioso… porque
cada vez que acudimos a una tutoría o una reunión del colegio, sus mismos profesores
hablan sin cesar de la necesidad de implicación por parte de las familias en su
educación, de la importancia de transmitirles valores, responsabilidad y motivación
por el aprendizaje pero… ¿qué pasa cuando los padres estamos de antemano
comprometidos y concienciados de todo esto desde que tomamos la decisión de traer
un ser humano al mundo? ¿Qué ocurre cuando no desaprovechamos jamás la
oportunidad de formarnos en todo aquello que pueda enriquecerles y enriquecernos?
pues que no entendemos nada… cada vez menos. Que nadie nos quita de la cabeza el
sentimiento de que esto es una jungla. Que pocas cosas tienen sentido o están bien
planteadas en origen pues lo que reina, es el sálvese quien pueda y el arréglatelas a tu
manera. Si algo está cristalino es que aquí, a cada uno le importa lo suyo y… cuantas
menos complicaciones, mejor.
Sinceramente, como madre de un niño con AACC, pasas tantas veces por ese estado
de total decepción en el que ya no puedes con semejante cúmulo de banalidades,
negatividad y encasillamientos pedagógicos que, en tan solo unos meses desde que
recibiste la valoración, das carpetazo al asunto mientras te preguntas algo tan simple
como: ¿es que no hay nadie competente en el mundo educativo formal capaz de
pensar, sentir y/o hacer algo bonito? ¿ni siquiera con los niños que demuestran tantas
inquietudes?.
Por mi parte, siempre he comprobado que lo que más abunda son personas que se
disfrazan de ángeles para parecer buenas pero, en realidad, hay que estar muy atentos
a lo contrario. A esos ángeles disfrazados de personas que pasan por tu vida en algún
momento, regalándote un sinfín de señales valiosísimas. Yo conocí a uno de ellos, no
hace muchos años. Iba, temporalmente, disfrazado de profesor cuya excusa era
enseñar acerca del Contexto y la Metodología de la Intervención Social. Fue él quien
me recomendó un libro: “El don de la Sensibilidad” de Elaine Aron, el cual marcó un
antes y un después en mi forma de percibir el mundo. Fue él mismo el que, en otra
ocasión, cuando tiré la toalla y me ausenté de las clases, se preocupó de pedir mi
teléfono a una compañera para mandarme un mensaje invitándome a charlar y tomar
un café, de tal modo que recapacitara mi decisión. Y, varios meses después, cuando le
pregunté por qué tenía una nota media de 9 en la calificación final de su asignatura, si
en los controles y trabajos no había pasado de notable, me contestó que los exámenes
son un mero trámite y que lo que más valoraba de sus alumnos, era el esfuerzo y la
creatividad.
Gracias a él no sólo conseguí un título más sino reparar en gran medida partes de mi
autoestima que habían sido profundamente dañadas. Pero… si algo recordaré siempre
de ese profesor, es una frase que, nada más salir de su boca, quedó grabada a fuego
en mi interior. Al pronunciarla, me recordó ese lugar donde siempre puedo acudir cada
vez que no consiga expandir mis alas y retomar el vuelo. Me dijo: “no dejes de escribir”.

